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El final del juego


Aún nos siguen adelantando. A toda velocidad: de la bicicleta a la moto, de la moto a otra moto mayor, de la moto mayor al coche, del coche a... pues a otro coche más grande, del coche más grande a... pues a otro aún más grande, de este a... ¿no hay más grande? Pues entonces uno que permita atravesar ríos. ¿Eso es todo? ¿No hay nada más?

Sí, nos siguen adelantando. Desde que era un niño e iba pedaleando al colegio, a mi bicicleta y a mí nos siguen adelantando. Aquellos niños que presumían de sus primeras motos ruidosas, malolientes y veloces ya deben de estar muy lejos, en sus coches capaces de atravesar ríos. Ya deben de estar empezando a sentir que se aproxima el final del juego, y que el final del juego despista. A menos que empiecen a anunciarse coches que permitan atravesar, además de ríos, montañas heladas y desiertos. Entonces de repente habrá algo más y parecerá que el juego no ha terminado. Un nuevo y flamante coche capaz de atravesar montañas y desiertos, un paso más hacia... hacia...

Veinte años después he vuelto a pasar en bicicleta cerca de mi viejo colegio. El edificio ha crecido. Ahora hay muchos más alumnos, muchas menos bicicletas a la puerta y muchas, muchísimas motos. Las pocas bicicletas que hay son muy nuevas, poco vividas, poco usadas. Nadie puede ser menos que el compañero: ¿quién se atrevería a ir al cole pedaleando unos cientos de metros en una bicicleta que no sea nueva, que no tenga la imprescindible amortiguación en las dos ruedas, los imprescindibles frenos de disco y por supuesto los imprescindibles cambios de marchas indexados?

Continúo mi paseo. Me dejo adelantar. ¿Cómo, si no despacio, sería posible contemplar?